Sobreviviendo al Año Nuevo en Sídney

La idea que teníamos en la cabeza

Antes incluso de pisar Australia, había algo que teníamos claro: el 31 de diciembre lo pasaríamos en un sitio especial. Y aunque durante nuestros meses viajando por el Sudeste Asiático y ya instalados en Gold Coast barajamos varias opciones para despedir 2025, conforme se acercaba la fecha la decisión se fue aclarando sola.

La imagen era inevitable. Esa que vemos cada año a las dos de la tarde, mientras en España todavía se está comiendo: fuegos artificiales sobre la bahía, el puente, la Ópera. Sídney en estado puro. La postal que todo el mundo reconoce aunque nunca haya estado allí.

Ahora bien, más allá de esa imagen… poco más sabíamos. Algún vídeo visto en Instagram, algún comentario suelto de gente que ya lo había vivido, pero nada realmente práctico. No sabíamos dónde colocarnos, cuánto se tardaba en llegar, si el sitio era bueno o si estábamos a punto de meter la pata hasta el fondo.

Ciudad nueva, evento gigante, cero referencias claras. Todo pintaba a caos… hasta que dimos con una página que, literalmente, nos salvó el Año Nuevo.

El plan… y el primer golpe de realidad

Como ya os contamos en el post de Sídney, llegamos a la ciudad el 30 de diciembre con una misión muy concreta: comprobar in situ cómo llegaríamos al día siguiente, a las 9 de la mañana, a la cola del punto que habíamos elegido para ver los fuegos artificiales. Spoiler rápido y sin anestesia: éramos muy ilusos.

La elección del lugar la habíamos hecho unos días antes gracias a la web oficial de Sydney New Year’s Eve, filtrando con bastante lógica: buenas vistas, aforo razonable, posibilidad de comprar comida, opción de beber alguna cerveza y, cómo no, un poco de suerte. Sobre el papel, todo cuadraba.

Cuando llegamos al punto elegido, a eso de las 3 de la tarde del día 30, ya había gente haciendo cola… para el día siguiente. No era una multitud, pero el dato era demoledor: quedaban casi 35 horas para los fuegos artificiales y ya había personas esperando.

Por si quedaba alguna duda, nos acercamos a las casetas informativas para confirmar. La respuesta fue directa y sin margen a interpretación: “Si no llegáis antes de las 7 de la mañana, olvidaros de ver nada.” Y, por si fuera poco, añadieron que probablemente ya íbamos tarde.

Ese momento dio la vuelta a todos nuestros planes. No había alternativa: tocaba ir a comprar, volver al alojamiento, preparar la comida del día siguiente, asumir lo que venía… y acostarnos pronto. Muy pronto. Porque el Año Nuevo en Sídney no empieza a las doce, empieza muchas horas antes.

Las horas previas (cuando todo es esperar)

Nuestro 31 de diciembre empezó exactamente a las 4:27 de la mañana, cuando sonó el despertador. Antes de las 5 ya estábamos saliendo de casa rumbo al tren, con el objetivo de llegar antes de las 6 a la cola. Aún no había amanecido y, aun así, por el camino ya empezábamos a cruzarnos con bastante gente claramente decidida a lo mismo que nosotros.

Mientras avanzábamos, no podíamos evitar pensarlo: en España sería impensable levantarse un 31 de diciembre a las cuatro y media de la mañana. Pero, dentro de la locura, sentíamos que íbamos bien. Habría gente, sí, pero no llegaríamos los últimos… o eso queríamos creer.

A las 5:22 cogimos el tren con destino a Martin Place y a las 5:45 estábamos viendo amanecer de camino al inicio de la cola. A las 5:56 entrábamos en el recinto que indicaba dónde comenzaba y, a las 6:00 en punto, ya estábamos sentados en fila. Por delante: dos filas en zigzag, una subida con una curva enorme y una recta final que marcaba el verdadero inicio de la cola.

Tras un café, alguna visita al baño (con colas de más de una hora) y bastante sueño acumulado, a las 9:15 el speakeranunció que pronto se abriría la entrada y que la gente podía ir recogiendo sus cosas. A las 9:21 ya estábamos avanzando. ¿La entrada a qué? Pues a un punto marcado simbólicamente donde el día anterior habían dejado “instalarse” a la primera persona que llegó. No había puertas, ni tornos, ni nada parecido.

A las 10:15 cruzamos lo que se consideraba la entrada y, a las 10:50, pasamos los controles de seguridad. El recinto permitía alcohol, pero solo comprado dentro, así que a medida que nos acercábamos veíamos a la gente vaciar botellas… incluso las de agua. Nosotros llevábamos dos botellas grandes completamente congeladas. Es cierto que dentro había refill infinito de agua, pero aun así…

Aquí Ali tuvo que desplegar su talento narrativo y explicar al pobre encargado de seguridad que el agua congelada era para conservar los alimentos que llevábamos. No sabemos muy bien por qué, pero nos dejó pasar. Perdimos la crema solar, eso sí. El control, en realidad, consistía más en mirar mochilas que en otra cosa.

A las 11:08 de la mañana ya estábamos sentados en el suelo, en una pradera con pendiente, colocados y listos para ver los fuegos artificiales de Año Nuevo en Sídney. Solo nos quedaban por delante unas 13 horas de espera.

El día fue pasando entre cervezas, bocadillos, patatas fritas, partidas de cartas y largos ratos de no hacer absolutamente nada. Hasta las cuatro de la tarde se llevó bastante bien. A partir de ahí, el cansancio empezó a notarse. Las ganas bajaban, el aburrimiento subía y el dolor de culo empezaba a ganar claramente la batalla.

Pero pasado ese pequeño bache… empezaron a pasar cosas. Eran las 8 de la tarde.

Cuando el cielo empieza a hablar

A partir de las 7:30 de la tarde el ambiente cambia por completo. Empiezan a suceder muchas cosas, aunque desde el punto que habíamos elegido no todas se veían con claridad. El programa arrancaba con la Smoking Ceremony, seguida, a las 8:30, de las proyecciones y efectos de luz sobre el Harbour Bridge. A las 8:45, el Metropolitan Local Aboriginal Land Council daba la bienvenida oficial a los asistentes a la tierra Gadigal, recordando que aquello no era solo una fiesta, sino también un lugar con historia y significado.

A las 9:00 en punto llegaron los primeros fuegos artificiales. Son los llamados fuegos “familiares”, pensados para que los más pequeños puedan verlos antes de irse a dormir. Pequeños, en teoría. En la práctica, ya fueron espectaculares. Lo suficiente como para hacernos imaginar cómo sería lo que estaba por venir… y también para empezar a notar a la gente levantándose, apretando y olvidando, poco a poco, el orden de llegada.

Tras ese primer estallido, varios barcos llenos de luces de colores comenzaron a cruzar la bahía, pasando por debajo del puente, mientras alrededor de las 10 de la noche el Harbour Bridge se iluminaba por completo. El escenario estaba ya montado. Aun así, quedaban todavía dos largas horas para llegar a medianoche y despedir oficialmente el año.

A las 11 de la noche ocurrió algo inesperado. Se hizo un minuto de silencio. No sabemos si es habitual todos los años, pero en esta ocasión estuvo relacionado con los ataques ocurridos meses antes en Bondi Beach. Desde nuestro punto no se percibió del todo bien, pero el gesto añadió un tono solemne justo antes del clímax final.

La espera estaba llegando a su fin. El cielo, la bahía y la ciudad entera parecían contener la respiración. Faltaba muy poco para las 00:00.

El estallido final (y el cierre del día más largo del año)

Ahora sí. La gente empezó a levantarse y a agolparse. Exactamente lo que esperábamos. Unas horas antes habíamos hecho buenas migas con unos chicos de Nueva Caledonia y, hablando con ellos, decidimos ponernos de pie también. Aún quedaban unos 45 minutos, pero el ambiente ya estaba cambiando: nervios, empujones y esa tensión previa a algo grande.

Tras algunos empujones, algún enfado puntual y más de una mala cara, conseguimos colocarnos donde sabíamos que daríamos la bienvenida al 2026. Todavía quedaban 30 minutos de pie, mochilas a la espalda y cero margen para moverse.

Y entonces llegó el momento.
11:59 pm.
La cuenta atrás empezó a sonar: 10, 9, 8… 3, 2, 1… Happy New Year!

Lo que vino después fue, sin exagerar, el mayor espectáculo de fuegos artificiales que hemos visto nunca. Cuando creíamos que ya lo habían dado todo, aparecía algo mejor. Fuegos lanzados desde distintos puntos de la bahía y dirigidos por los que salían desde el Harbour Bridge iluminaban el cielo de Sídney. Doce minutos exactos de pura locura visual. Probablemente, los doce minutos de pirotecnia más bonitos que veremos jamás.

Y, de repente, se acabó. Literalmente. En cuanto el último fuego se apagó, todo el mundo empezó a caminar hacia la salida. Una marea humana avanzando con una mezcla perfecta de cansancio, ilusión y sueño acumulado.

Nosotros hicimos lo mismo. Metro, trayecto eterno y llegada a casa pasadas la 1:30 de la madrugada. Lo justo para dormir unas horas, porque a las 10:00 am tocaba despertarse de nuevo para cumplir con otra tradición: comer las uvas con España.

Así terminó el 31 de diciembre más largo que hemos vivido.

Reflexión final: ¿cómo es realmente vivir el Año Nuevo en Sídney?

“Pasar Año Nuevo en Sídney”. Esa frase llevaba mucho tiempo rondándonos la cabeza y, por fin, 2025 nos permitió vivirlo y 2026 disfrutarlo. La experiencia completa, pasarte todo el 31 de diciembre esperando para doce minutos de fuegos artificiales, ya la habéis leído. Pero la sensación real va un poco más allá.

Para nosotros, todo se resume en una conversación que escuchamos el día anterior en el tren rumbo a Martin Place. Vimos a varios hombres cargados con carros, tiendas de campaña, sillas y neveras: un equipo completo de acampada. Una niña, de unos diez años, le preguntó a su padre por qué iban tan cargados aquellos hombres. Él respondió: “Van a acampar para ver los doce minutos de fuegos artificiales de Año Nuevo”. La niña se rió y repitió, incrédula: “¿Acampar toda la noche solo para doce minutos?”. El padre hizo un gesto claro: están un poco locos.

En ese momento nos hizo gracia. Al día siguiente lo entendimos.

Es, a la vez, un privilegio y una locura. Y con perspectiva, creemos que no es una experiencia que repetiríamos en las mismas condiciones. Levantarte casi 20 horas antes, pasar el día entero sentado en el suelo, ver solo un fragmento del espectáculo porque las mejores vistas están reservadas a las televisiones y, después de todo ese esfuerzo, tener que lidiar con gente que llega a última hora y se coloca delante sin ningún tipo de consideración. Porque sí, caraduras hay en todos los países.

Los fuegos artificiales son una auténtica barbaridad. Probablemente no volvamos a ver nada igual. Pero el resto del programa (ceremonias, proyecciones, actos) apenas se ve ni se escucha si no estás exactamente en el punto donde ocurren. No hay pantallas, no hay narración, no hay contexto.

Nuestra experiencia fue buena. Muy buena. Pero no una experiencia para repetir de la misma manera.

¡Nuestra recomendación!

Si estás pensando en recibir el Año Nuevo en Sídney, ver los fuegos con la Ópera de Sídney y el Harbour Bridge de fondo es un espectáculo único. Para eso, los mejores puntos gratuitos están dentro del Royal Botanic Garden Sydney, especialmente Mrs Macquarie’s Point y Fleet Steps. Son los lugares donde la postal se parece más a la de la televisión.

Si quieres hacerlo de la forma más económica, asume la realidad: llegar a la cola antes de las 6:00 am, pasar allí todo el día y ganar la batalla al aburrimiento.

Si tu presupuesto te lo permite, nuestra recomendación es clara: paga uno de los puntos de acceso de pago. Tendrás mejores vistas, más comodidad, zonas de sombra y, sobre todo, podrás llegar bastante más tarde. Son caros, sí. Pero si nosotros repitiésemos… pagaríamos sin dudarlo.

Vivir el Año Nuevo en Sídney es una locura maravillosa que merece hacerse una vez… pero solo una, y sabiendo muy bien a qué vienes

Descubre más destinos con nosotros

Tortuga Carey sobre un arrecife increíble

Komodo, tierra de dragones y coral

Buceando en la tierra de los dragones
Templo Borobudur

Yogyakarta: así disfrutamos de sus increíbles templos

No te saltes esta ciudad si vienes a Indonesia
Mezcla de tradición y cultura

Kuala Lumpur, el centro de la ciudad

Dos versiones, una ciudad llena de contrastes
Las vistas del Marina Bay

Singapur, luces y lujo en la ciudad del futuro

Ciudad, modernidad y futuro todo en una ciudad
Un bonito atardecer en Batu Bolong, Canggu

Canggu, la ciudad de los nómadas digitales

Surf, cafés con encanto y caos vibrante
Reflexionando después de la purificación

Ubud, espiritualidad hecha espectáculo

Caos turístico y espectáculos sin esencia
Las formas imposibles de la Ópera de Sidney

Sídney, la ciudad más conocida de Australia

¿Es la ciudad más famosa de Australia la mejor?
Cerdo en la playa en Filipinas

Nuestros días en el pueblo pesquero de Port Barton

¿Playas paradisíacas sin masificación en Palawan?
Paseo de las palmeras en Siargao

La capital del surf de Filipinas: así disfrutamos de Siargao

Añade si o si esta isla en tu ruta. ¡No te arrepentirás!
Man Made Forest en Bohol, Filipinas

Así conocimos los tesoros de Bohol

¿Pensando en incluirlo en tu ruta por Filipinas?

¡Escribe aquí tu comentario!

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *